Proverbio # 11

Proverbio 11

El culto al pastorazgo

Cuando estoy de visita en algún país o iglesia y mis anfitriones preguntan por mis credenciales antes de subir al podio o púlpito, menciono mi rol como director de una organización educativa internacional y luego mis estudios académicos que incluyen títulos de grado y post-grado. Sin afán de agregar más cosas, trato de omitir el ministerio en mi iglesia local.

—¿Es usted pastor hermano Estuardo?

Pues… si —respondo con alguna reserva.  Cumplo funciones pastorales en mi congregación… Fui ordenado al ministerio en 1996…

Luego me doy cuenta que han olvidado todo lo anterior que mencioné sobre mi rol de liderazgo en el movimiento educativo continental o sobre mis títulos académicos. Soy presentado y automáticamente todo el mundo empieza a llamarme “Pastor Estuardo” o simplemente “Pastor”. Al principio me gustó, pero luego empecé a preocuparme.

No sos lo que pensás

Observé que algunos colegas en el ministerio llegan al extremo de reemplazar su nombre usual por el de “Pastor” o “Pastora”. Cuando la gente habla con ellos, suelen escucharse frases como “Pues fíjese pastor que el otro día…”; “¡Ay pastora, tengo una bendición que contarle!” El nombre de pila cae en desuso. Solamente en iglesias en donde hay varios pastores se mencionan los nombres, por supuesto precedidos del respectivo título: “Te cuento que el Pastor Roberto después de consultar con el Pastor Mario le está pidiendo a la Pastora Eunice que visite a la hermana Lucy”. Pareciera como si el ser pastor automáticamente nos coloca en un pedestal de honra y gloria que, no voy a negarlo, ¡se siente muy bien! Nada más cuenta, no importa cuánto haces en otro ministerio o si te mataste haciendo estudios universitarios que te ayudaron a obtener un título académico. Todo lo que cuenta es que ¡eres pastor! Al presentar a tu esposa, ella automáticamente se gana el título de “Pastora” ¡y ni preguntan si en tu iglesia hay tal cosa como «pastoras»!

A diferencia del uso que damos a los títulos académicos como “Ingeniero”, “Licenciado” o “Doctor”, el sustantivo “pastor” nunca fue concebido por Dios para ser usado como un título para anteponerse a nuestro nombre o apellido y menos para reemplazarlo. Ser pastor no es un título. Es una función. Así lo leemos en Efesios 4:11. De hecho, en el Nuevo Testamento es más frecuente la referencia a ancianos que a pastores, pero parece que a los líderes de las iglesias actuales no les agrada ese título y prefieren ser llamados pastores. Sigue leyendo

Proverbio # 10

Si la comida en tu plato fue una esponja de grasa en el sartén minutos antes, no te conviene ingerirla.

HORNEADO, ASADO O AL VAPOR. ¿FRITO?
¡NO GRACIAS!

Poder y Humildad

big-bang-Reach_Out_and_TouchEs triste observar lo que sucede cuando una persona llega a una posición de poder y la manera como ese ejercicio de poder corrompe su corazón por muy íntegra que haya sido. El manejo del poder y la autoridad es una de las pruebas más desafiantes para aquellos en lugares de liderazgo. No importa si eres gerente de una gran compañía, funcionario público o una madre de familia. Todos tenemos una esfera de influencia que conlleva cierto ejercicio de poder. La manera en la que ese poder se ejercita habla mucho de tu carácter.

El poder tiene un efecto embriagante en aquellos que lo poseen. El político que es coronado triunfador rápidamente olvida todas las promesas de campaña en donde se presentó como una persona digna de confianza y encuentra muy fácil abusar del poder recibido para su propio beneficio. Algo sucede en el corazón del trabajador que recibe la promoción a un cargo ejecutivo que le lleva a abusar su recién estrenada autoridad.

John Dickson, en su libro Humilitas (2011) define humildad como «la disposición a ejercer poder en servicio de otros». Considera esta definición por un momento. Casi nadie tiene problemas para recibir y ejercer poder por el beneficio personal que esto representa. De hecho, se afirma que la necesidad de poder es la más importante en la vida de un adulto después de satisfacer su necesidad de dinero (¡aunque usualmente el poder viene acompañado de una buena remuneración monetaria!). Pero la disposición a utilizar el poder —no en beneficio propio sino en beneficio de los demás, es algo que no es fácil.

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Las demostraciones de poder que encontramos en el ministerio de Jesús son todas asombrosas y singulares. Sanidades, expulsión de demonios, multiplicación de panes y peces, caminar sobre las aguas, calmar una tempestad; todos fueron actos que desafiaban las leyes físicas conocidas y que despertaron el asombro de aquellos que los presenciaron. Sin embargo, nada de esto mareó el ego del Señor como para utilizarlo en ganar ventaja económica o política sobre sus adversarios o reclamar privilegios especiales. En cada acto sobrenatural que el Señor realizó prestó un servicio en favor de otros, estableciendo claramente su autoridad tanto sobre la esfera material como la esfera espiritual. Es por ello que Él constituye el ejemplo supremo de humildad.

Al pensar en la cuota de poder que Dios te ha confiado, sea ésta grande o pequeña, piensa por un momento, ¿cómo puedo servir a mi prójimo ejerciendo este poder? Haciéndolo con humildad y fidelidad, podrás escuchar algún día las palabras del Señor diciendo «Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor.» (Mt. 25:21 RVR)

Sin temor al enemigo

Uno de los aspectos más impresionantes del ministerio terrenal de Jesús fue echar demonios. Cada vez que en nuestra lectura de los evangelios encontramos a Jesús frente a endemoniados, algo en nuestro interior empieza a hacerse interminables preguntas sobre la realidad de la existencia de Satanás y sus secuaces. Más importante aún, nos preguntamos si tal actividad satánica tiene alguna semejanza con lo que Hollywood nos ha hecho creer. Ante la falta de respuestas claras, elegimos vivir en un estado de conveniente ignorancia respecto al tema hasta que nos enteramos de alguien cuyo estado mental parece requerir más exorcismo que tratamiento psiquiátrico.

La existencia de Satanás y los ángeles caídos (o demonios) se afirma en las Escrituras, no como una fuerza intangible del mal, sino como seres personales que se mueven en una esfera paralela pero generalmente imperceptible a la nuestra (Job 1:6; Mt. 9:34). Su interacción con nuestra realidad es limitada pero real. En su ministerio, Jesús ejerció una autoridad incuestionable sobre ellos y quiso que sus seguidores estuvieran conscientes de esta esfera de batalla espiritual que de continuo se libra dentro y alrededor de nosotros.

Gacela

El sentimiento que predomina al pensar en las fuerzas del mal que nos acechan es temor. La imagen de «león rugiente» que anda «buscando a quien devorar» (1 Pe. 5:8) es la que nos inspira más temor. Los nativos africanos saben mejor de qué estaba hablando el apóstol Pedro con esta comparación. Ellos saben que los leones que emiten rugidos nocturnos son los leones viejos, desdentados y cuyos movimientos ya no son tan ágiles. Lo único que estos veteranos leones tienen para intimidar a sus ingenuas víctimas es su potente rugido. Cuando una joven e inocente gacela escucha el ensordecedor sonido emitido por el hambriento cazador queda paralizada del temor y es fácil víctima del anciano león. Ciertamente confrontar a un enemigo invisible puede tener un efecto paralizante. Pero ¡no hay razón para temer a un enemigo que está virtualmente derrotado y acabado!

leon_viejo

Dios no quiere que estemos en ignorancia acerca de las maquinaciones del diablo (2 Cor. 2:11). Su principal arma contra nosotros es el engaño y la mentira. Al desenmascarar sus artimañas, podemos estar mejor preparados para resistirlo y hacerlo huir (Stg. 4:7), pero eso requiere vestirnos de toda la armadura de Dios (Ef. 6:11). Aun así, no conviene tener una actitud prepotente frente a las fuerzas del mal, porque los demonios saben sobre quienes realmente reposa la autoridad espiritual que Dios da (Hch. 19:14-17).

No podemos ignorar la realidad de la actividad demoníaca en nuestro medio, pero podemos vivir confiados, sabiendo que la obra de Cristo en la cruz derrotó a este milenario enemigo (Col. 2:15). Su destino y el de sus huestes de maldad ya está escrito y ¡solo es cuestión de tiempo para que seamos librados para siempre de sus acechanzas! (Ap. 20)