Tú o alguien que tú conoces, que ha derramado muchas lágrimas recientemente, necesita escuchar estas palabras.

Canción: Estou Contigo por Jotta A. ©2012 Central Gospel Music

Cómo orar por los enfermos

Ante la enfermedad de personas que amamos, todos enfrentamos el dilema de cómo orar por ellos. Oramos por sanidad aun cuando el diagnóstico es complejo y existe probabilidad de un desenlace fatal. Al orar de esa manera y sucede lo indeseado terminamos decepcionados con Dios, cuestionamos nuestra fe o simplemente nos encogemos de hombros, afirmando con resignación “Así lo quiso Dios”. Junto a la oración, agotamos todas las opciones médicas con tal de prolongar el tiempo de vida. Esto es particularmente cierto con personas de edad avanzada, padres o abuelos octogenarios a quienes amamos entrañablemente y nos duele tener que despedir.

Más difícil de discernir es cómo orar por personas más jóvenes o personas de edad madura que hasta hace poco gozaban de buena salud. El cáncer que llega a mitad de la vida o el implacable coronavirus que no respeta condición ni edad son casos frecuentes que representan un desafío a nuestra fe. Nos aferramos a versículos bíblicos que afirman el ilimitado poder de Dios, su inagotable amor y aun listamos todas las buenas obras del enfermo como razones para apelar a la misericordia del Señor y suplicar por su sanidad y recuperación.

La Biblia nos instruye a orar por los enfermos, pero lo hace dando instrucciones muy específicas que a menudo son ignoradas. Hay una oración de fe, poderosa y eficaz, que es la que debe hacerse en el caso de personas con un particular tipo de enfermedad.

Santiago 5 ordena esto para orar por los enfermos:

¿Está alguien entre ustedes enfermo? Que llame a los ancianos de la iglesia y que ellos oren por él, ungiéndolo con aceite en el nombre del Señor. La oración de fe restaurará al enfermo, y el Señor lo levantará. Si ha cometido pecados le serán perdonados.

Por tanto, confiésense sus pecados unos a otros, y oren unos por otros para que sean sanados. La oración eficaz del justo puede lograr mucho.

Santiago 5:14-16 (NBLA)

Antes de aplicar estas instrucciones, conviene discernir de qué enfermo estamos hablando. Esta no es una receta para todos. Se aplica específicamente a quien padece un tipo particular de enfermedad.

Desde la perspectiva natural

La enfermedad común de la que nadie muere. Una gripe, una indigestión, una infección; la que tiene su ciclo y se cura con un simple medicamento o un poco de reposo, muchas veces sin necesidad de una visita al médico. Esta no requiere la clase de oración poderosa de la que habla Santiago.

La segunda es la enfermedad fatal; de la que todos vamos a morir, excepto los que fallecen trágicamente en algún accidente. Es resultado de la implacable segunda ley de termodinámica. Todo decae, nuestro organismo está en un constante proceso de deterioro y eventualmente algún órgano vital dejará de funcionar. Es poco lo que podemos hacer contra la inexorable vejez. La muerte se pospone por todos los medios posibles, pero tarde o temprano nuestro cuerpo, esta morada terrenal, colapsará y dejará de funcionar. Este tipo de enfermedad demanda una oración diferente a lo que prescribe Santiago.

La Biblia tiene otra forma de ver los diferentes tipos de enfermedad.

Enfermedad del Justo

El proverbial caso de Job. Una persona íntegra a quien le sobreviene calamidad, ruina y para colmo de males, enfermedad. Es el caso en el que todos quisiéramos vernos reflejados cuando la tragedia nos alcanza, porque en el fondo sentimos que no hemos hecho nada malo para merecer el juicio de Dios.

En ninguna parte de esta historia encontramos a los amigos de Job orando por él o expresando su intención de hacerlo. La mayor parte del libro consiste en reflexiones teólogicas, un profundo diálogo filosófico tratando de encontrar la causa del mal que le vino al amigo. El pensamiento natural en la antigüedad era que la enfermedad y adversidad venían como consecuencia del pecado y es de lo que tratan de convencer a Job estos amigos.

De acuerdo a la escena celestial de los primeros capítulos y la intervención final de Dios, se deduce que tragedia y enfermedad vienen en el caso de Job y otros justos para poner las cosas en perspectiva a la luz de la soberanía y grandeza de Dios, no como consecuencia de pecado.

La historia de Job tiene un desenlace feliz de sanidad y restauración. Otros casos de personas a quienes consideramos ejemplarmente justos pueden no tener ese mismo final feliz. Si algo aprendemos del libro de Job es que el Señor es soberano y su sabiduría inescrutable. ¡Nuestra limitada percepción y entendimiento jamás podrá compararse con la grandeza de Dios!

Enfermedad de Juicio

Hay un segundo tipo de enfermedad que es el caso de aquellos sobre los cuales Dios decreta enfermedad que es literalmente una sentencia de muerte. Tal es el caso de Jorán, rey de Judá (II Crón. 21), a quién el profeta Elías le anuncia por carta “una enfermedad en las entrañas, tan grave que día tras día empeorará, hasta que se te salgan los intestinos”, lo cual efectivamente sucede tal como lo describe el profeta, después de dos años de cruento sufrimiento.

Pero esto no es algo que encontramos solo en el Antiguo Testamento. Leyendo 1 Cor. 11 nos damos cuenta que la enfermedad de juicio también puede suceder en la Iglesia, específicamente en relación a la Cena del Señor.

Por tanto, examínese cada uno a sí mismo , y entonces coma del pan y beba de la copa. Porque el que come y bebe sin discernir correctamente el cuerpo del Señor, come y bebe juicio para sí. Por esta razón hay muchos débiles y enfermos entre ustedes, y muchos duermen. Pero si nos juzgáramos a nosotros mismos, no seríamos juzgados. Pero cuando somos juzgados, el Señor nos disciplina para que no seamos condenados con el mundo.

1 Cor 11:28-32 NBLA

Este tipo de enfermedad, que puede resultar mortal, es una que puede estar incluida en los casos donde la Biblia misma nos dice que ni siquiera debemos orar. Hay personas cuya iniquidad es tal, que para ellos no hay posible oración que los salve del decreto divino.

Si alguno ve a su hermano cometer un pecado que no lleva a la muerte, ore por él y Dios le dará vida. Me refiero a quien comete un pecado que no lleva a la muerte. Hay un pecado que sí lleva a la muerte, y en ese caso no digo que se ore por él.

1 Jn 5:16 NVI

Se requiere sabiduría espiritual antes de discernir la enfermedad o adversidad que viene sobre la vida de una persona, especialmente si es un miembro de la familia de Dios. Santiago 5 no está escrito para los casos de la enfermedad del justo o la enfermedad de juicio. Es para un tercer tipo de enfermedad.

Enfermedad para Salvación

Una enfermedad puede ser una experiencia vivificadora si somos parte de una comunidad donde el liderazgo pastoral obedece y practica lo que dice Santiago 5. Tiene el propósito de llamar mi atención hacia un pecado que debe ser confesado o un área de mi vida que debe cambiar. La enfermedad para salvación no tiene el propósito de matar a nadie. Tiene el propósito de acercarme a Dios, perfeccionar mi carácter y hacerme más semejante a Cristo.

Según Santiago 5:14 es el enfermo quien debe llamar a los ancianos. No dice “llame al doctor”. La iniciativa debe ser del enfermo o su familia, no de la iglesia. Mucha gente enferma espera que el pastor se entere por otro medio o se enojan si nadie les visita para orar por ellos.

La oración de los ancianos va acompañada de la unción con aceite que, contrario a la práctica de la Iglesia de Roma, no se aplica a gente que va a morir, sino todo lo contrario. Es una unción de vida. Pero el aceite no es el componente esencial de esta fórmula de sanidad y vida. Es tan solo un símbolo.

Santiago 5:15 en algunas versiones bíblicas puede entenderse como que con solo seguir la fórmula indicada no habrá enfermedad que se resista. El enfermo sanará, el Señor lo levantará es lo que aparentemente se dice que viene como resultado de la oración de fe y la unción. Notemos que el verbo donde algunas versiones dicen “el enfermo sanará” es el verbo σώζω que se traduce la mayoría de veces en el Nuevo Testamento como “salvar”. Este pasaje no garantiza sanidad sino salvación, que en su dimensión integral también puede incluir sanidad.

Los componentes de esta fórmula infalible para tratar la enfermedad para salvación son oración y confesión, inseparables uno del otro.

La oración sin confesión es ineficaz en estos casos. La Biblia abunda en ejemplos de cómo la enfermedad puede venir como consecuencia del pecado y cómo la confesión de ese pecado puede conducir a la sanidad del cuerpo y del alma.

Él perdona todos tus pecados y sana todas tus dolencias; él rescata tu vida del sepulcro y te cubre de amor y compasión; él colma de bienes tu vida y te rejuvenece como a las águilas.

Sal 103:3-5 NVI

Por causa de tu enojo, nada sano hay en mi cuerpo; por causa de mi maldad, no hay paz en mis huesos. Mi pecado pesa sobre mi cabeza; ¡es una carga que ya no puedo soportar! Por causa de mi locura, mis heridas supuran y apestan. Estoy abrumado, totalmente abatido; ¡todo el tiempo ando afligido! La espalda me arde sin cesar; ¡no hay nada sano en todo mi cuerpo!… Por eso, voy a confesar mi maldad; pues me pesa haber pecado.

Sal 38:3-7, 18 RVC

La creencia común en tiempos de Jesús era que la enfermedad era producto del pecado. Desde Deuteronomio 28 el Antiguo Testamento enseña que epidemias, fiebres malignas, inflamaciones, tumores, úlceras, ceguera y hasta enfermedad mental vendrían sobre el pueblo de Israel como resultado de su desobediencia y pecado. Jesús no desmintió tal creencia. Más bien trató individualmente con cada caso, aplicando la cura indicada a cada situación. Al pecado, perdón de pecados y a la enfermedad, sanidad del cuerpo. Al paralítico de Lucas 5 primero se le ministra perdón de pecados y luego sanidad. Al paralítico de Betesda en Juan 5 primero se le ministra sanidad y luego viene la amonestación del Señor “Mira, has sido sanado; no peques más, para que no te suceda algo peor” (Jn 5:14 NBLA). Se hace evidente la relación entre pecado y enfermedad en el ministerio de Jesús.

Jesús también deja claro que no todos los casos de enfermedad son por causa de pecado. Con el ciego de nacimiento los discípulos preguntan “¿quién pecó, este o sus padres, para que naciera ciego?” (Jn. 9:2 NBLA). “No fue por sus pecados ni tampoco por los de sus padres —contestó Jesús—, nació ciego para que todos vieran el poder de Dios en él” (Jn 9:3 NTV). Cada caso es diferente y por ello el discernimiento de parte de los agentes que Dios usará para ministrar sanidad y perdón es de capital importancia.

Al preguntar a personas de fe cuál es el propósito por el cual ha venido enfermedad a sus vidas suelen responder “Es para que dependa más de Dios” o algo parecido, cuando la respuesta esperada podría ser “Dios está llamando mi atención a un pecado que debo confesar, un área de mi vida que debo cambiar”. Es más fácil victimizarse con la enfermedad que reconocernos responsables de empujar a Dios a tener que recurrir a algo así para obligarnos a parar la vida frenética que llevamos para enfocarnos en lo que Él quiere mostrarnos.

La enfermedad para salvación es aquella donde Dios te estaciona por un tiempo en un obligado reposo, probablemente en una cama de hospital, para que reflexiones. Con frecuencia, va a tocar una parte de tu cuerpo que tiene alguna relación con el mensaje que Él quiere darte o el área de tu vida a la cual debes prestar atención. Una vez estás listo para declarar con tus labios lo que Dios te está mostrando es el momento de llamar a los ancianos. Hacerlo empujados por la angustia o hacerlo sin estar listo para practicar la confesión que debe acompañar la oración que se haga puede ser inútil.

No conozco iglesia o comunidad cristiana evangélica que practique regularmente la mutua confesión de pecados a pesar de ser un claro mandamiento de las Escrituras.

En cuestiones de confesión, la Iglesia de Roma tiene una mejor comprensión y práctica de la misma como uno de sus sacramentos. Psicólogos y otros profesionales de la salud reconocen el alto valor terapéutico que puede tener la expresión verbal en reconocimiento de culpa como resultado de un examen introspectivo de conducta. Resolver conflictos emocionales puede tener una valiosa conexión con mejoría en la salud física.

Santiago nos exhorta a practicar el ejercicio de confesión y oración, no solo con o por los ancianos sino “unos con otros”, lo cual desvirtúa la práctica de la Iglesia mencionada que restringe esta práctica para hacerse solamente con sacerdotes y religiosos.

No hay oración eficaz para salvación (sanidad) sin confesión de pecados y la mutua confesión debe ser acompañada de oración eficaz, preferentemente acompañada de unción con aceite por los ancianos de la iglesia. Esto es lo que dice Santiago 5.

La oración sin palabras

Santiago describe la oración de fe para sanidad (o, salvación) como “eficaz” (o, poderosa según otras versiones). Pero ¿cómo hacer una oración poderosa si ni siquiera sabemos cómo orar por un enfermo? Romanos 8 tiene la respuesta.

Y de igual manera el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad;

pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos,

pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles.


Mas el que escudriña los corazones sabe cuál es la intención del Espíritu, porque conforme a la voluntad de Dios intercede por los santos.

Romanos 8:26-27 (RVR1960)

Reconocer nuestra ignorancia sobre cómo orar por algo o por alguien es un acto de humildad poco común. Muchos oran con las mejores intenciones, declarando sanidad sobre una persona pero terminan burlados o decepcionados al darse cuenta que su osadía disfrazada de fe no obtiene el efecto esperado. Pablo ofrece una opción más eficaz y poderosa.

Cuando Romanos 8:26 nos invita a dejar que el Espíritu interceda por nosotros con gemidos indecibles, literalmente se refiere a un clamor demasiado profundo para ser expresado con palabras. Este silente clamor del corazón es el que verdaderamente obra conforme a la voluntad de Dios en cualquier caso o situación. No pequemos pretendiendo conocer la voluntad soberana de Dios para un caso de enfermedad en donde lo más eficaz y humilde que podemos hacer es guardar silencio y dejar que el Espíritu en nosotros haga la intercesión a su manera.

No conozco líder cristiano o pastor que enmudezca o simplemente “gima” cuando se le pide orar por algún enfermo. Todos nos sentimos comprometidos a decir algo; articular una oración que suene muy espiritual, demostrar mucha fe y esforzarnos por ministrar a la gente, cuando lo mejor que podemos hacer si no sabemos cómo orar es no decir nada.

La disciplina espiritual de la oración silente es algo que las iglesias de tradición protestante haríamos bien en practicar más como lo hacen otras religiones. Sea catolicismo, budismo o los populares ejercicios de conciencia plena (mindfulness), se reconoce el valor de no llenar nuestra mente u oraciones de tanta palabrería. Jesús mismo advirtió a sus discípulos acerca de esto (Mt 6:7) pero en nuestra liturgia y oraciones los evangélicos hacemos justamente lo contrario. ¡Creemos que el poder de nuestro clamor se incrementa en función de los decibelios que le ponemos a nuestra abundancia de palabras!

Que el Señor nos ayude a volver al modelo bíblico de oración por los enfermos, especialmente en un tiempo de pandemia, donde los casos a nuestro alrededor se multiplican de una manera en donde los que enferman o mueren pareciera azarosa. Con Dios nada sucede al azar. Detrás de cada contagio de COVID, cáncer o enfermedad hay un propósito divino que bien haremos en discernir antes de decir a la ligera “estoy orando” en respuesta a una petición de oración por algún enfermo. ¡Y que Dios abra mentes y corazones de pastores y ancianos para que asumamos la responsabilidad que la Palabra de Dios pone sobre nosotros!

La Espada del Señor

La Espada del Señor cover_smallSi se toca la trompeta en la ciudad, ¿no temblará el pueblo? Si sucede una calamidad en la ciudad, ¿no la ha causado el SEÑOR? (Amós 3:6 LBLA)

Este artículo es una trompeta que probablemente no haga temblar a nadie más que al que lo escribe. Sin embargo, lo hago en obediencia, como el profeta que se atrevió a pronunciar estas palabras.

Los cristianos nos hemos esforzado por encontrar explicación y propósito a la pandemia actual del COVID-19. No sabemos si fueron los vendedores del mercado de Wuhan o malvados bioquímicos los responsables de darnos este nuevo virus. La soberanía de Dios permitiendo este mal es la mejor explicación que encontramos, la cual es teológicamente correcta, pero incompleta. Intentar ver un propósito divino en esta tragedia nos lleva casi al mismo punto de encogernos de hombros y refugiarnos en una conveniente ignorancia disfrazada de ciega confianza en Dios.

Nuestra verdadera confianza debe ser que —aunque no lo veamos— Dios ciertamente está obrando su propósito para cada persona, familia, comunidad, ciudad y nación. Pero Dios también nos llama a abrir los ojos de nuestro entendimiento y dejar que el Espíritu de sabiduría y revelación que Él nos ha dado muestre Su obrar y propósito en todo lo que sucede a nuestro alrededor. La manera de hacerlo es examinar el consejo inerrante e infalible de la Palabra de Dios.

Las cosas por su nombre: juicio

Cuando la Biblia se refiere a enfermedades devastadoras que afectan pueblos completos y que guardan alguna semejanza con una enfermedad epidémica, usa nombres tales como peste, pestilencia o plaga. Todas estas palabras en castellano traducen una misma palabra en hebreo, deber (דֶּבֶר), que tiene el sentido de destrucción. En varias de las narrativas bíblicas donde se describe este fenómeno se consignan causas espirituales que los provocaron, número de víctimas y propósito logrado. Un ejemplo es lo que se cree que fue una peste bubónica que azotó a los filisteos cuando retuvieron el arca del pacto (I Sam 5 y 6). Es interesante que son los mismos sacerdotes filisteos los que comparan este azote con la experiencia de las plagas en Egipto.

La pelea de diez rounds de plagas en Egipto tuvo un fulminante nocaut. El juicio llegó en forma de enfermedad letal o muerte súbita, ejecutado de manera selectiva sobre los primogénitos, sin distingo de edad o clase social. Egipto reaccionó dándole a Dios lo que Él demandaba. La testarudez de Faraón tuvo un precio alto que pudo haberse evitado si tan solo hubiese respondido antes, pero optó por endurecer su corazón.

prayer of sufferingEn lo que la Biblia es clara es que estas mortandades son ordenadas —no permitidas, sino causadas— directamente por Dios como juicio hacia un pueblo. Y aquí aparece la primera palabra que evitamos usar en relación a esta pandemia. Insinuar que el COVID-19 pueda ser un juicio de Dios sobre la tierra sabotea nuestro noble deseo de presentar al Señor como un Dios siempre misericordioso y perdonador. Sin embargo los profetas del Antiguo Testamento no dejan duda al respecto. El juicio de Dios toma diferentes formas de castigo sobre un pueblo obstinado y rebelde. Dios usó invasiones, sequías, hambrunas y, por supuesto, epidemias, para tratar con la idolatría e infidelidad de su pueblo.

Ciertamente la Biblia dice que Dios es lento para la ira y grande en misericordia (Sal 103:8), pero la rebeldía e iniquidad de una nación tarde o temprano acarrea un juicio implacable. Negar esto es negar el carácter de Dios que no sólo es misericordioso sino también justo Juez. Y quien diga que esto es un actuar propio de un Dios del Antiguo Testamento, y que en el Nuevo Testamento todo cambia, le invito a leer algunos pasajes que demuestran que el carácter de Dios es inmutable y no cambia en lo que respecta a impartir juicios severos, también a su Iglesia (Hch 5:1-11; 1 Cor 11:29,30; Heb 10:26-31; 1 Pe 4:17).

Las cosas por su nombre: espada

La segunda palabra incómoda es la que da título a este escrito: espada. La manera en la que el profeta Gad le presenta a David la encrucijada de escoger el castigo de Dios por sus malas decisiones es: “Así dice el Señor: ‘Escoge para ti: tres años de hambre, o tres meses de derrota delante de tus adversarios mientras te alcanza la espada de tus enemigos, o tres días de la espada del Señor, esto es, la pestilencia en la tierra y el ángel del Señor haciendo estragos por todo el territorio de Israel.’” (I Crón 21:12) David decide encomendarse a la misericordia de Dios, pidiendo cualquier cosa menos la espada de sus enemigos. Una devastadora epidemia se desata sobre Israel que sólo en las primeras horas cobra la vida de 70,000 personas. Cuando Dios envía al ángel destructor a Jerusalén, dice la Escritura que “David alzó sus ojos y vio al ángel del Señor que estaba entre la tierra y el cielo, con una espada desenvainada en su mano, extendida sobre Jerusalén. Entonces David y los ancianos, vestidos de cilicio, cayeron sobre sus rostros.” (I Crón 21:16) El Señor abre los ojos de David para que pueda ver lo que está pasando en el plano espiritual. No es una enfermedad misteriosa, no es un virus inexplicable. Es la espada del Señor.

La palabra en hebreo para plaga o pestilencia, deber דֶּבֶר, contiene exactamente los mismos caracteres que el vocablo que se usa para referirse a la “palabra” que Dios habla: דָּבָר (dābār), lo que podría sugerir una raíz común. No es difícil pensar que, con cada una de estas plagas, Dios quiere hablarnos. Hay un mensaje profético que debe ser atendido con carácter de urgencia y demanda una respuesta inmediata o de otra manera se transformará en un mensaje de juicio. Es grotesco pero ilustrativo que el retrato de Jesucristo en el libro de Apocalipsis sea con una espada aguda saliendo de su boca (Ap 1:16) con la cual está listo para juzgar a su misma iglesia (2:16). “Su nombre es: El Verbo (La Palabra) de Dios. Los ejércitos que están en los cielos, vestidos de lino fino, blanco y limpio, lo seguían sobre caballos blancos. De Su boca sale una espada afilada para herir con ella a las naciones.” (19:13-15).

Hasta que no llamemos a las cosas por el nombre que la Biblia les da, estaremos hablando demasiado tiempo de “coronavirus” y nada del juicio que representa. Pero si tenemos el coraje de abrir nuestros ojos y discernir lo invisible a la luz de la espada del Espíritu que es la Palabra de Dios entonces no hay más opción que obedecer. Tanto filisteos, egipcios como israelitas sabían que la única cosa que puede cambiar el devastador juicio de Dios —detener la espada del Señor— es arrepentimiento y humillación. No todos entenderán esto, pero si tan sólo los líderes lo entienden y obedecen, las cosas pueden cambiar. Al final de cuentas, como lo muestra la Biblia y la historia, es por las malas decisiones de los gobernantes que todo un pueblo padece las consecuencias.

Un ejército formidable

En la antigüedad bíblica, juicio y espada eran sinónimo de ejércitos invasores que devastaban todo a su paso, sitiaban las ciudades y llevaban cautivos a los conquistados. Asiria y Babilonia fueron las naciones cuya invasión trajo juicio a Israel y Judá respectivamente, por su desobediencia e infidelidad a Dios.

Hoy, donde las invasiones y agresiones internacionales son cosa del pasado, y donde el pueblo del Señor ya no se encuentra en un determinado lugar geográfico sino esparcidos por todo el mundo, Dios ha de hablarnos de otras maneras pero no muy diferentes a lo descrito en su Palabra. Sufrimos la invasión de un ejército diferente, pero igualmente identificado desde la antigüedad como juicio divino y espada del Señor. Se trata de un ejército microscópico, tan débil que simple agua y jabón puede aniquilarlo al contacto. Sin embargo, una vez dentro del organismo humano puede ser devastador e incluso causar la muerte.Fighting virus

No es casualidad que los profetas del Antiguo Testamento sean los que hacen un uso más abundante de la descripción de Dios como “Señor de los Ejércitos”. Así como Dios ha traído este ejército de coronavirus para hablar a su Iglesia, así también Él puede derrotarlo como lo hizo con los imperios de la antigüedad que afligieron a su pueblo con propósito. Nuestro sistema inmunológico es un ejército formidable de linfocitos, leucocitos y anticuerpos con los que Dios nos equipó, pero su funcionamiento y respuesta a la enfermedad está completamente bajo el dominio del mismo Señor de los ejércitos.

Si tus ojos aun no se abren para contemplar los juicios de Dios sobre la tierra, que alcanzan tanto a justos como a injustos como consecuencia de decisiones propias y de sus gobernantes, te invito a que hagas una lectura más detenida de la Palabra y pidas que el Señor ilumine tu entendimiento. Mi oración será que el Espíritu te siga guiando a toda verdad y convenza al mundo de pecado, de justicia y de juicio (Jn 16:8).


Todas las referencias bíblicas son de la Nueva Biblia de Las Américas (NBLA).

No conocí a Julio Melgar…

No conocí a Julio Melgar, ni conocí mucho de Julio Melgar…

Solamente supe lo que se contaba de él. Testimonios de gente bendecida por su ministerio. Una vez lo encontré en un aeropuerto con toda su banda y lo saludé. Fue lo más cerca que llegué a ver de él.

No fui seguidor de su alabanza ni fui tan ministrado por sus canciones. Al escuchar uno de sus álbumes solo llegué a pensar, “Este es el Israel Houghton latinoamericano”.

Julio Melgar: antes y después
Julio Melgar: antes y después

La respuesta de la gente a su enfermedad solamente me confirma lo que dice Romanos 8:26 “pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos”. Muchos bien intencionados hermanos ‘declararon y decretaron’ sanidad. No sabían cómo pedir. Les movió el mismo sentimiento que hizo que Pedro, al escuchar al mismo Jesús hablar de su inminente muerte, “[comenzara] a reconvenirle, diciendo: Señor, ten compasión de ti; en ninguna manera esto te acontezca” (Mt 16:22 RVR).

Hay suficiente evidencia bíblica para creer que Dios concede a sus siervos fieles conocer el tiempo de su partida (Dt 31:14; Is 38:1; Mt 16:21; Lu 9:31; Fil 1:25; 2 Tim 4:6; 2 P 1:14). Julio Melgar no debió ser la excepción. Él sabía. Seguramente pasó su propio Getsemaní, humanamente resistiéndose a lo inevitable que Dios ya le había mostrado. Sin embargo, al igual que Jesús, abrazó la cruz. Dios—el único que declara y decreta—dispuso que Julio partiera la misma semana que se conmemora la muerte y resurrección de Jesús.

Como humanos, tratamos de posponer lo inevitable de la muerte. En nuestra ingenuidad, creemos que podemos torcer el brazo de Dios con nuestras oraciones que despliegan mucha fe y poder pero muy poca humildad para reconocer la soberanía de Dios. Cuando Romanos 8:26 dice que el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad de no saber cómo pedir, es para explicar que Él mismo “intercede por nosotros con gemidos indecibles”. Indecible describe, simple y sencillamente, algo que no se dice. No declaras ni decretas nada. Simplemente tu espíritu ora aunque tu entendimiento esté limitado. Lo ideal es que ambos oren en armonía (1 Cor 14:15).

Sin conocer a Julio como muchos le conocieron y hoy le llaman “nuestro guerrero”, estoy seguro que él hubiese deseado que, como Sansón el guerrero, su muerte causara más impacto que todo lo que hizo en vida. Además de recordar todas sus canciones y conciertos, reflexionemos en lo que su muerte nos enseña. Si tan solo nos enseña a orar mejor, orar en el espíritu, gemir sin palabras, en lugar de declarar y decretar en nuestro envanecido entendimiento, ¡entonces su prematura partida habrá valido la pena!


Ayuda para quien no puede dejar de beber

El alcoholismo es un problema complejo que carece de solución infalible. Ni médicos, psicólogos o religiosos tienen una respuesta que funciona para todos. Sin embargo, hay esperanza en una singular comunidad cuyos resultados son alentadores.

Cuando beber en exceso se vuelve un problema

La forma anormal, perniciosa y fuera de control en la que algunas personas consumen bebidas alcohólicas, se conoce como alcoholismo. Es una condición que se ha tornado enfermiza y ante la cual ya no es posible hacer nada dentro del terreno médico, moral o psicológico.  Quien ha caído en esa situación debe ser considerado como un enfermo grave, que ha perdido todo uso de su voluntad y su razón para resolver por sí mismo su problema. Es por eso que los familiares, médicos y empleadores se desconciertan ante la inexplicable actitud de quien, sabiendo que está a punto de perderlo todo (salud, familia, trabajo) insiste en beber a pesar que sabe que esto le ocasiona graves daños a él y a los que le rodean.  A pesar de su inteligencia, buenos deseos y promesas, en algún momento reincide a pesar de la comprensión, perdón y amor que se le prodigue a su alrededor.

El Comité sobre Alcoholismo de la Asociación Médica Americana define el alcoholismo como “una enfermedad en la cual se presenta ansiedad por el alcohol y pérdida de control sobre su consumo” (énfasis del autor).  La Biblia, hace miles de años, ya sabía esto. Proverbios 23:29-35 describe al alcohólico y el v. 35 al final está de acuerdo con la definición médica cuando pone en labios del bebedor las palabras “cuando despertare, aún lo volveré a buscar”, a pesar de los desastres que los versículos anteriores describen.  Y la obsesión alcohólica también está descrita en Isaías 56:12 “Venid, tomemos vino, embriaguémonos de sidra; y será el día de mañana como este, o mucho más excelente!”. La falsa idea del alcohólico de que “la siguiente vez” no le van a ocurrir las desgracias de la última vez que bebió es la obsesión más irracional que caracteriza el cuadro mental enfermizo que padece.

Israel era un pueblo que culturalmente incluyó el vino como parte  sus costumbres alimenticias y sociales.  Aun como receta para mejorar algún trastorno de salud, se lee cómo el apóstol Pablo le recomienda a Timoteo en 1 Tim 5:23 “usa de un poco de vino por causa de tu estómago y de tus frecuentes enfermedades”. El apóstol conocía a Timoteo y sabía que él era un obispo que llenaba el requisito de 1 Tim 3:3 de ser “no dado al vino”, o sea que no tenía problemas con el alcohol.  No tenía esa ansiedad ni descontrol por el vino.  La Biblia misma reconoce dos muy diferentes tipos de bebedores: el que bebe en forma sobria, controlada y racional y “los que se detienen mucho en el vino” (Pro 23:30), o sea “los dados a mucho vino” (1 Tim 3:8).

Actualmente en todas las naciones, culturas y religiones hay personas que beben porque pueden o quieren beber, y cualquier exceso es únicamente resultado de una irresponsabilidad o un error de decisión en una circunstancia aislada.  Pero también están los que beben porque una vez que inician ya no pueden dejar de hacerlo. Hay causas y razones en su mente o personalidad que les hace necesario evadir conflictos u obligaciones que no pueden enfrentar sin la “ayuda” del alcohol.

Un problema complejo

No ha sido fácil para médicos, psicólogos, sociólogos o religiosos definir la verdadera naturaleza del problema.  Solo admiten que tristemente es un problema complejo en el que intervienen factores mentales, emocionales, corporales, sociales, familiares y posiblemente el más importante: un gran vacío espiritual que es llenado engañosamente con el alcohol, aunque posteriormente ese vacío queda más grande e indefinible.

Por lo tanto, tratar de definir la forma alcohólica de beber, no solo es poco clara, sino desconsoladora.  El estudio del alcoholismo todavía no ha producido resultados optimistas en cuanto a la resolución del mismo.  Es menester entonces, observar los métodos que han dado resultados más o menos considerables y alentadores.  Por la misma naturaleza confusa del problema, se podría decir que no hay dos alcohólicos iguales en todas sus características y lo que daría resultado para unos posiblemente no produciría el mismo resultado para otros.

El tratamiento médico normal de hospitalización para el alcohólico que se encuentra en una embriaguez prolongada con daños evidentes a su salud, solamente restaura el estado meramente físico, pero no elimina el problema mental.  No existe la mínima garantía que ese mismo bebedor al poco o mucho tiempo después de ser rehabilitado, pueda volver a beber y repetir el ciclo que haga necesaria otra hospitalización.

El tratamiento psicológico o psiquiátrico ha dado muy poco resultado, según los informes de los mismos profesionales de la psicoterapia. Parece ser que el mismo alcohólico no colabora con el tratamiento, engañando al médico y también ocultando las verdaderas causas y realidades que le hacen beber descontroladamente.

La conversión religiosa ha producido un efecto permanente en un pequeño porcentaje de bebedores necesitados de ayuda, no por ser ineficaz, sino por la misma naturaleza de la personalidad del alcohólico, que carece de la capacidad para ser honesto en sus propósitos pasado algún tiempo después de su conversión.  Si no se resuelven todas sus circunstancias interiores, el alcohólico puede sentirse todavía como un “extraño entre extraños” que no comprenden a cabalidad todas sus complicaciones con la vida, con la gente, y con el mundo.  No obstante, quien logra rendirse completamente a la ayuda de Dios y permite ser totalmente transformado podría lograr su total recuperación.

Esperanza de restauración en comunidad

Parece ser que la comunidad de Alcohólicos Anónimos (A.A.) es la que ha producido mejores resultados que los métodos anteriormente mencionados, y es porque allí el alcohólico encuentra—no necesariamente una mejor ayuda, sino una ayuda más adecuada para su muy especial problemática.  Estos son seres como él, que le hablan con la experiencia vivida y lo invitan a ensayar los mismos métodos que a ellos les han dado resultado para mantenerse sobrios. Se conjuga la ayuda humana adecuada, que viene de gente que sí los comprende, que no los juzga inmorales, ni pecadores , ni faltos de voluntad o de vergüenza, sino de seres que enfermaron—muy probablemente de manera involuntaria—de la más absurda, complicada y destructiva enfermedad.

Pero en A.A. también existe la necesidad absoluta de una genuina conversión.  Allí también es Dios el autor del milagro.  Los “AA’s” solamente son los instrumentos específicos que necesita el alcohólico; ellos son el testimonio viviente que Dios escogió y diseñó para ser como el lodo a los ojos del ciego, como el agua sucia del Jordán para Naamán y también Dios puede hablar a través de los AA’s como lo hizo de la boca del asna de Balaam.  Los AA’s no son los que sanan el alcoholismo de nadie; es Dios el que, por su soberana voluntad, usa las bocas que antes solo tragaban veneno para hablar ahora por medio de ellas, haciendo más audible su voz al oído de los bebedores.  Y estos reciben el mensaje con más confianza de otro alcohólico que de un médico, psicólogo, pastor o cura.

El fenómeno más esperanzador que ocurre actualmente en el proceso de curación del alcohólico en A.A. es que el bebedor restaurado, con el tiempo, siente la imperiosa necesidad de buscar más intensamente a Dios y finalmente, está preparado para buscar la Iglesia.  La pregunta es, ¿qué está haciendo la Iglesia con estos alcohólicos que buscan a Dios y anhelan tener más que relaciones de empatía con otros alcohólicos como medio de salvación?


Acerca del autor

Oscar Salazar empezó a beber desde su edad adolescente. Su profesión como pianista profesional le hizo particularmente susceptible a estar en situaciones que le hicieron presa fácil del alcohol. Sus legendarias borracheras acarrearon tristeza y dolor a su alrededor durante más de 40 años. Ni sus estudios en la facultad de medicina, ni el hecho de haber crecido en un hogar de profundas convicciones cristianas le fueron útiles para dejar de beber. Llegó a Alcohólicos Anónimos y gracias a su programa pudo dejar de beber por el resto de su vida.  Llegó a ser parte del liderazgo nacional de la organización, siendo uno de los exponentes más destacados en las tribunas de los grupos de A.A. A pesar de la naturaleza laica del programa, la espiritualidad cristiana estuvo siempre presente en todo su pensamiento y filosofía de vida hasta su partida en 2009. Escribió este artículo en febrero de 1980.