La Espada del Señor

La Espada del Señor cover_smallSi se toca la trompeta en la ciudad, ¿no temblará el pueblo? Si sucede una calamidad en la ciudad, ¿no la ha causado el SEÑOR? (Amós 3:6 LBLA)

Este artículo es una trompeta que probablemente no haga temblar a nadie más que al que lo escribe. Sin embargo, lo hago en obediencia, como el profeta que se atrevió a pronunciar estas palabras.

Los cristianos nos hemos esforzado por encontrar explicación y propósito a la pandemia actual del COVID-19. No sabemos si fueron los vendedores del mercado de Wuhan o malvados bioquímicos los responsables de darnos este nuevo virus. La soberanía de Dios permitiendo este mal es la mejor explicación que encontramos, la cual es teológicamente correcta, pero incompleta. Intentar ver un propósito divino en esta tragedia nos lleva casi al mismo punto de encogernos de hombros y refugiarnos en una conveniente ignorancia disfrazada de ciega confianza en Dios.

Nuestra verdadera confianza debe ser que —aunque no lo veamos— Dios ciertamente está obrando su propósito para cada persona, familia, comunidad, ciudad y nación. Pero Dios también nos llama a abrir los ojos de nuestro entendimiento y dejar que el Espíritu de sabiduría y revelación que Él nos ha dado muestre Su obrar y propósito en todo lo que sucede a nuestro alrededor. La manera de hacerlo es examinar el consejo inerrante e infalible de la Palabra de Dios.

Las cosas por su nombre: juicio

Cuando la Biblia se refiere a enfermedades devastadoras que afectan pueblos completos y que guardan alguna semejanza con una enfermedad epidémica, usa nombres tales como peste, pestilencia o plaga. Todas estas palabras en castellano traducen una misma palabra en hebreo, deber (דֶּבֶר), que tiene el sentido de destrucción. En varias de las narrativas bíblicas donde se describe este fenómeno se consignan causas espirituales que los provocaron, número de víctimas y propósito logrado. Un ejemplo es lo que se cree que fue una peste bubónica que azotó a los filisteos cuando retuvieron el arca del pacto (I Sam 5 y 6). Es interesante que son los mismos sacerdotes filisteos los que comparan este azote con la experiencia de las plagas en Egipto.

La pelea de diez rounds de plagas en Egipto tuvo un fulminante nocaut. El juicio llegó en forma de enfermedad letal o muerte súbita, ejecutado de manera selectiva sobre los primogénitos, sin distingo de edad o clase social. Egipto reaccionó dándole a Dios lo que Él demandaba. La testarudez de Faraón tuvo un precio alto que pudo haberse evitado si tan solo hubiese respondido antes, pero optó por endurecer su corazón.

prayer of sufferingEn lo que la Biblia es clara es que estas mortandades son ordenadas —no permitidas, sino causadas— directamente por Dios como juicio hacia un pueblo. Y aquí aparece la primera palabra que evitamos usar en relación a esta pandemia. Insinuar que el COVID-19 pueda ser un juicio de Dios sobre la tierra sabotea nuestro noble deseo de presentar al Señor como un Dios siempre misericordioso y perdonador. Sin embargo los profetas del Antiguo Testamento no dejan duda al respecto. El juicio de Dios toma diferentes formas de castigo sobre un pueblo obstinado y rebelde. Dios usó invasiones, sequías, hambrunas y, por supuesto, epidemias, para tratar con la idolatría e infidelidad de su pueblo.

Ciertamente la Biblia dice que Dios es lento para la ira y grande en misericordia (Sal 103:8), pero la rebeldía e iniquidad de una nación tarde o temprano acarrea un juicio implacable. Negar esto es negar el carácter de Dios que no sólo es misericordioso sino también justo Juez. Y quien diga que esto es un actuar propio de un Dios del Antiguo Testamento, y que en el Nuevo Testamento todo cambia, le invito a leer algunos pasajes que demuestran que el carácter de Dios es inmutable y no cambia en lo que respecta a impartir juicios severos, también a su Iglesia (Hch 5:1-11; 1 Cor 11:29,30; Heb 10:26-31; 1 Pe 4:17).

Las cosas por su nombre: espada

La segunda palabra incómoda es la que da título a este escrito: espada. La manera en la que el profeta Gad le presenta a David la encrucijada de escoger el castigo de Dios por sus malas decisiones es: “Así dice el Señor: ‘Escoge para ti: tres años de hambre, o tres meses de derrota delante de tus adversarios mientras te alcanza la espada de tus enemigos, o tres días de la espada del Señor, esto es, la pestilencia en la tierra y el ángel del Señor haciendo estragos por todo el territorio de Israel.’” (I Crón 21:12) David decide encomendarse a la misericordia de Dios, pidiendo cualquier cosa menos la espada de sus enemigos. Una devastadora pandemia se desata sobre Israel que sólo en las primeras horas cobra la vida de 70,000 personas. Cuando Dios envía al ángel destructor a Jerusalén, dice la Escritura que “David alzó sus ojos y vio al ángel del Señor que estaba entre la tierra y el cielo, con una espada desenvainada en su mano, extendida sobre Jerusalén. Entonces David y los ancianos, vestidos de cilicio, cayeron sobre sus rostros.” (I Crón 21:16) El Señor abre los ojos de David para que pueda ver lo que está pasando en el plano espiritual. No es una enfermedad misteriosa, no es un virus inexplicable. Es la espada del Señor.

La palabra en hebreo para plaga o pestilencia, deber דֶּבֶר, contiene exactamente los mismos caracteres que el vocablo que se usa para referirse a la “palabra” que Dios habla: דָּבָר (dābār), lo que podría sugerir una raíz común. No es difícil pensar que, con cada una de estas plagas, Dios quiere hablarnos. Hay un mensaje profético que debe ser atendido con carácter de urgencia y demanda una respuesta inmediata o de otra manera se transformará en un mensaje de juicio. Es grotesco pero ilustrativo que el retrato de Jesucristo en el libro de Apocalipsis sea con una espada aguda saliendo de su boca (Ap 1:16) con la cual está listo para juzgar a su misma iglesia (2:16). “Su nombre es: El Verbo (La Palabra) de Dios. Los ejércitos que están en los cielos, vestidos de lino fino, blanco y limpio, lo seguían sobre caballos blancos. De Su boca sale una espada afilada para herir con ella a las naciones.” (19:13-15).

Hasta que no llamemos a las cosas por el nombre que la Biblia les da, estaremos hablando demasiado tiempo de “coronavirus” y nada del juicio que representa. Pero si tenemos el coraje de abrir nuestros ojos y discernir lo invisible a la luz de la espada del Espíritu que es la Palabra de Dios entonces no hay más opción que obedecer. Tanto filisteos, egipcios como israelitas sabían que la única cosa que puede cambiar el devastador juicio de Dios —detener la espada del Señor— es arrepentimiento y humillación. No todos entenderán esto, pero si tan sólo los líderes lo entienden y obedecen, las cosas pueden cambiar. Al final de cuentas, como lo muestra la Biblia y la historia, es por las malas decisiones de los gobernantes que todo un pueblo padece las consecuencias.

Un ejército formidable

En la antigüedad bíblica, juicio y espada eran sinónimo de ejércitos invasores que devastaban todo a su paso, sitiaban las ciudades y llevaban cautivos a los conquistados. Asiria y Babilonia fueron las naciones cuya invasión trajo juicio a Israel y Judá respectivamente, por su desobediencia e infidelidad a Dios.

Hoy, donde las invasiones y agresiones internacionales son cosa del pasado, y donde el pueblo del Señor ya no se encuentra en un determinado lugar geográfico sino esparcidos por todo el mundo, Dios ha de hablarnos de otras maneras pero no muy diferentes a lo descrito en su Palabra. Sufrimos la invasión de un ejército diferente, pero igualmente identificado desde la antigüedad como juicio divino y espada del Señor. Se trata de un ejército microscópico, tan débil que simple agua y jabón puede aniquilarlo al contacto. Sin embargo, una vez dentro del organismo humano puede ser devastador e incluso causar la muerte.Fighting virus

No es casualidad que los profetas del Antiguo Testamento sean los que hacen un uso más abundante de la descripción de Dios como “Señor de los Ejércitos”. Así como Dios ha traído este ejército de coronavirus para hablar a su Iglesia, así también Él puede derrotarlo como lo hizo con los imperios de la antigüedad que afligieron a su pueblo con propósito. Nuestro sistema inmunológico es un ejército formidable de linfocitos, leucocitos y anticuerpos con los que Dios nos equipó, pero su funcionamiento y respuesta a la enfermedad está completamente bajo el dominio del mismo Señor de los ejércitos.

Si tus ojos aun no se abren para contemplar los juicios de Dios sobre la tierra, que alcanzan tanto a justos como a injustos como consecuencia de decisiones propias y de sus gobernantes, te invito a que hagas una lectura más detenida de la Palabra y pidas que el Señor ilumine tu entendimiento. Mi oración será que el Espíritu te siga guiando a toda verdad y convenza al mundo de pecado, de justicia y de juicio (Jn 16:8).


Todas las referencias bíblicas son de la Nueva Biblia Latinoamericana de Hoy (NBLH). Este tema continuará en subsiguientes artículos.

No conocí a Julio Melgar…

No conocí a Julio Melgar, ni conocí mucho de Julio Melgar…

Solamente supe lo que se contaba de él. Testimonios de gente bendecida por su ministerio. Una vez lo encontré en un aeropuerto con toda su banda y lo saludé. Fue lo más cerca que llegué a ver de él.

No fui seguidor de su alabanza ni fui tan ministrado por sus canciones. Al escuchar uno de sus álbumes solo llegué a pensar, “Este es el Israel Houghton latinoamericano”.

Julio Melgar: antes y después
Julio Melgar: antes y después

La respuesta de la gente a su enfermedad solamente me confirma lo que dice Romanos 8:26 “pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos”. Muchos bien intencionados hermanos ‘declararon y decretaron’ sanidad. No sabían cómo pedir. Les movió el mismo sentimiento que hizo que Pedro, al escuchar al mismo Jesús hablar de su inminente muerte, “[comenzara] a reconvenirle, diciendo: Señor, ten compasión de ti; en ninguna manera esto te acontezca” (Mt 16:22 RVR).

Hay suficiente evidencia bíblica para creer que Dios concede a sus siervos fieles conocer el tiempo de su partida (Dt 31:14; Is 38:1; Mt 16:21; Lu 9:31; Fil 1:25; 2 Tim 4:6; 2 P 1:14). Julio Melgar no debió ser la excepción. Él sabía. Seguramente pasó su propio Getsemaní, humanamente resistiéndose a lo inevitable que Dios ya le había mostrado. Sin embargo, al igual que Jesús, abrazó la cruz. Dios—el único que declara y decreta—dispuso que Julio partiera la misma semana que se conmemora la muerte y resurrección de Jesús.

Como humanos, tratamos de posponer lo inevitable de la muerte. En nuestra ingenuidad, creemos que podemos torcer el brazo de Dios con nuestras oraciones que despliegan mucha fe y poder pero muy poca humildad para reconocer la soberanía de Dios. Cuando Romanos 8:26 dice que el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad de no saber cómo pedir, es para explicar que Él mismo “intercede por nosotros con gemidos indecibles”. Indecible describe, simple y sencillamente, algo que no se dice. No declaras ni decretas nada. Simplemente tu espíritu ora aunque tu entendimiento esté limitado. Lo ideal es que ambos oren en armonía (1 Cor 14:15).

Sin conocer a Julio como muchos le conocieron y hoy le llaman “nuestro guerrero”, estoy seguro que él hubiese deseado que, como Sansón el guerrero, su muerte causara más impacto que todo lo que hizo en vida. Además de recordar todas sus canciones y conciertos, reflexionemos en lo que su muerte nos enseña. Si tan solo nos enseña a orar mejor, orar en el espíritu, gemir sin palabras, en lugar de declarar y decretar en nuestro envanecido entendimiento, ¡entonces su prematura partida habrá valido la pena!