Vivimos en un mundo interconectado. La red global de Internet ha conseguido enlazar a millones de seres humanos, muchos de los cuales no pueden pasar mucho tiempo sin estar conectados a las redes sociales más populares. Treinta de cada cien jóvenes de 15 a 25 años y que son usuarios de Twitter o Facebook confiesan que quieren vivir siempre conectados. Un día sin Internet para algunas personas puede ser una tortura. Tal dependencia a las conexiones que la tecnología nos ofrece está llegando a niveles preocupantes.
El problema es que esta obsesión por conectarnos con gente o acontecimientos remotos nos está llevando a des-conectarnos de las personas más inmediatas a nuestro alrededor. Es usual para los jóvenes privilegiar las relaciones en la red por encima de la interacción personal. ¿Has observado personas absortas en las pantallas de sus teléfonos o tabletas e ignorando por completo a los que tienen alrededor?
Hay una conexión vital que no puedes ignorar que es la misma que constituyó el eje de la vida y ministerio de Jesús. A diferencia de las conexiones electrónicas que obsesionan a millones de personas, este es un enlace sin el cual la vida entera pierde sentido. Hablamos de la oración; ese ejercicio de comunicación y comunión íntima con el Padre celestial que provee el poder y dirección para funcionar el resto del tiempo. Este contacto esencial era para el cual Jesús reservaba la primera parte del día (Mr. 1:35). En contraste, algunos de nosotros estamos demasiado ocupados para orar. No nos damos cuenta que todo aquello que no logramos hacer o resolver en nuestro cotidiano afán podría verse bajo una perspectiva más clara si dejáramos que el Padre nos dirigiera como lo hizo con su hijo Cristo.
La dependencia de Jesús a la voluntad del Padre era tal que llegó a declarar: «El Hijo no puede hacer nada por sí mismo, sino lo que ve que el Padre hace; porque todo lo que el Padre hace, eso mismo lo hace el Hijo.» (Jn. 5:19 RVC) Como seguidores e imitadores de Cristo, debemos preguntarnos si esta misma relación es la que describe nuestra manera de vivir. A diferencia de la gente que se deja gobernar por lo que sus contactos en la red cibernética les proponen ver o hacer, nuestra brújula debe ser lo que el Padre nos modela y manda.
En una era de infinita conectividad, haz de tu conexión con el cielo tu prioridad número uno. Ese enlace está disponible en todo lugar, no solo en ubicaciones WiFi. Nuestra relación con Dios debe llegar al punto en el que podamos afirmar como Jesús: «Yo no puedo hacer nada por mí mismo… porque no busco hacer mi voluntad, sino hacer la voluntad del que me envió.» (Jn. 5:30 RVC)