Un nuevo año… ¡merece una actitud renovada!

Fil 3-13-14_estusal

Baja las expectativas

Christmas charactersHay dos personajes de la Navidad que son objeto de sentimientos encontrados de rechazo y simpatía. Con ambos me identifico en alguna medida aunque ello me hace objeto de más rechazo que simpatía. Ebenezer Scrooge es un personaje surgido de la imaginación de Charles Dickens («A Christmas Carol», 1843) caracterizado por ser un tipo miserable, frío de corazón, lleno de amargura y avaricia que desprecia la Navidad y la considera un fraude. Por otro lado, el Grinch es un personaje ficticio, gruñón y determinado a sabotear la Navidad.  Lo que su creador, Dr. Seuss, hizo fue criticar la visión de la Navidad como algo comercial y satirizar a aquellos que obtienen beneficios explotando esta época navideña («Cómo el Grinch robó la Navidad», 1957). Sigue leyendo

Acuérdate de tu Creador…

Espero que este testimonio de la experiencia de uno más necio que tú te ayude a recordar los caminos en los cuales fuiste instruido y no apartarte de ellos, aun cuando los años pasen.  Si después de escucharlo deseas hablar conmigo, puedes contactarme en este mismo blog o en cualquier parte donde me encuentres con la abreviatura estusal (twitter, Facebook, AIM, LinkedIn, Google [estugersal], etc.)

¿Profetas o charlatanes?

«Tengo una palabra para ti».  «Recibí palabra en relación a tu problema».  «El Señor te dice…»  Estas son frases que se escuchan con cierta frecuencia en congregaciones evangélicas donde determinados hermanos buscan ministrar de esta forma y por la manera que lo hacen se les reconoce como «profetas».  Muchas de las cosas que se anuncian sobre la vida de otros se cumplen, otras no.  Algunas toma meses y aun años para que lleguen a cumplirse, con frecuencia sin tener memoria exacta de lo que se dijo.  ¿Qué determina la autenticidad de estos que afirman tener una palabra profética sobre la vida de alguien?

Hablar en nombre de Dios es una función delicada que representa una gran responsabilidad para quien afirma tener un don profético.  Esta función coloca al presunto profeta en una posición envidiable de influencia sobre la vida de otros que aceptan su palabra como si realmente fuese palabra de Dios.

Curiosos en el parque

Crecí cerca de un parque muy concurrido los días domingos por gente de baja condición social.  La gente que ha tenido poca o ninguna educación suele ser presa fácil de mercachifles, que venden toda clase de pomadas y artilugios.  Lo que más impresionaba mi susceptible mente infantil eran los «magos» y «adivinos».  Después de ejecutar una serie de trucos, una persona de traje llamativo se sentaba con los ojos vendados al centro del círculo de gente curiosa. Luego era interrogado por una asistente respecto a alguna persona en el público.  Después de adivinar sin el menor titubeo sobre el color de la camisa, o la clase de zapatos que llevaba puesta esta persona, comenzaba lo verdaderamente interesante. «A usted le tienen envidia, hay personas que quieren su mal, usted es una persona que sufre mucho, usted no está contento en su trabajo» eran algunas de las frases que cada persona confirmaba como ciertas, arrancando expresiones de asombro entre el público.  ¡Luego reparé que tales cosas podían ser ciertas para casi todos los que estaban allí!  El truco para adivinar colores de camisa y zapatos eran un simple código entre interrogadora y adivino. Los supuestos poderes de adivinación eran un vulgar truco callejero que tomaba ventaja de la ignorancia de la audiencia.

Ahora me traslado a algunas de nuestras iglesias y escucho frases como «El Señor dice: He aquí yo he visto tus lágrimas, yo te conozco. Yo te prosperaré, traeré bendición sobre ti. Si tu confías en mí y me das tu corazón yo sanaré tu enfermedad» etc. ¿Quién de estas iglesias llenas de gente sufriente no se identifica con estas palabras? ¿Quién no se aferra a estas palabras y las toma como proféticas? Y la persona que las pronuncia, gana la reputación de tener línea directa con el Lugar Santísimo, por lo que goza de la admiración y aprecio de todos.

En este momento ya veo a algunos de mis lectores buscando piedras para lapidar al que esto escribe.  Otros tienen martillos y clavos prestos para crucificar a este blasfemo y los más osados ya preparan la leña y el fuego para la hoguera donde este insolente bloguero pueda expiar sus ofensivos pensamientos. ¡No tan de prisa! ¿Puedes terminar de leer? Luego lanza todas las piedras que quieras (preferentemente en forma de comentarios o preguntas que nos anime a profundizar estas reflexiones). Sigue leyendo

El culto al pastorazgo

Cuando estoy de visita en algún país o iglesia y mis anfitriones preguntan por mis credenciales antes de subir al podio o púlpito, menciono mi rol como director de una organización educativa internacional y luego mis estudios académicos que incluyen títulos de grado y post-grado. Sin afán de agregar más cosas, trato de omitir el ministerio en mi iglesia local.

—¿Es usted pastor hermano Estuardo?

Pues… si —respondo con alguna reserva.  Cumplo funciones pastorales en mi congregación… Fui ordenado al ministerio en 1996…

Luego me doy cuenta que han olvidado todo lo anterior que mencioné sobre mi rol de liderazgo en el movimiento educativo continental o sobre mis títulos académicos. Soy presentado y automáticamente todo el mundo empieza a llamarme “Pastor Estuardo” o simplemente “Pastor”. Al principio me gustó, pero luego empecé a preocuparme.

No sos lo que pensás

Observé que algunos colegas en el ministerio llegan al extremo de reemplazar su nombre usual por el de “Pastor” o “Pastora”. Cuando la gente habla con ellos, suelen escucharse frases como “Pues fíjese pastor que el otro día…”; “¡Ay pastora, tengo una bendición que contarle!” El nombre de pila cae en desuso. Solamente en iglesias en donde hay varios pastores se mencionan los nombres, por supuesto precedidos del respectivo título: “Te cuento que el Pastor Roberto después de consultar con el Pastor Mario le está pidiendo a la Pastora Eunice que visite a la hermana Lucy”. Pareciera como si el ser pastor automáticamente nos coloca en un pedestal de honra y gloria que, no voy a negarlo, ¡se siente muy bien! Nada más cuenta, no importa cuánto haces en otro ministerio o si te mataste haciendo estudios universitarios que te ayudaron a obtener un título académico. Todo lo que cuenta es que ¡eres pastor! Al presentar a tu esposa, ella automáticamente se gana el título de “Pastora” ¡y ni preguntan si en tu iglesia hay tal cosa como «pastoras»!

A diferencia del uso que damos a los títulos académicos como “Ingeniero”, “Licenciado” o “Doctor”, el sustantivo “pastor” nunca fue concebido por Dios para ser usado como un título para anteponerse a nuestro nombre o apellido y menos para reemplazarlo. Ser pastor no es un título. Es una función. Así lo leemos en Efesios 4:11. De hecho, en el Nuevo Testamento es más frecuente la referencia a ancianos que a pastores, pero parece que a los líderes de las iglesias actuales no les agrada ese título y prefieren ser llamados pastores. Sigue leyendo